Toda nuestra vida es desconcertantemente moral. No hay ni un solo instante de tregua entre la virtud y el vicio. La bondad es la única inversión que nunca falla.
En la música del arpa que tiembla alrededor del mundo, es la insistencia en esto lo que nos estremece. El arpa es la vendedora ambulante de la Compañía de Seguros del Universo, que recomienda sus leyes, y nuestra pequeña bondad es toda la prima que pagamos.
Aunque el joven al fin se vuelve indiferente, las leyes del universo no son indiferentes, sino que están siempre del lado de los más sensibles. Escucha cada céfiro en busca de alguna reprensión, porque ciertamente está ahí, y es desafortunado aquel que no la oye.
No podemos tocar una cuerda ni mover un registro sin que la encantadora moral nos traspase. Muchos ruidos molestos, si uno se aleja lo suficiente, se escuchan como música, una orgullosa y dulce sátira sobre la mezquindad de nuestras vidas.
Somos conscientes de un animal en nosotros, que despierta en la misma proporción en que nuestra naturaleza superior se adormece. Es reptil y sensual, y tal vez no pueda ser expulsado por completo; como los gusanos que, aun en la vida y en la salud, ocupan nuestros cuerpos. Posiblemente podamos apartarnos de él, pero jamás cambiar su naturaleza. Temo que goce de cierta salud propia; que podamos estar bien, pero no ser puros. El otro día recogí la mandíbula inferior de un cerdo, con dientes y colmillos blancos y sanos, lo cual sugería que existía una salud y un vigor animales distintos de los espirituales. Esta criatura triunfó por otros medios que no fueron la templanza y la pureza. «Aquello en que los hombres se diferencian de las bestias brutas —dice Mencio— es algo muy insignificante; el vulgo lo pierde muy pronto; los hombres superiores lo conservan con esmero». ¿Quién sabe qué clase de vida resultaría si hubiéramos alcanzado la pureza? Si conociera a un hombre