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Antiguos habitantes y visitantes de invierno

bienvenido, que en una ocasión vino a través de la aldea, de la nieve, la lluvia y la oscuridad, hasta que vio mi lámpara entre los árboles, y compartió conmigo algunas largas tardes de invierno. Uno de los últimos filósofos —Connecticut se lo dio al mundo—, primero vendía sus baratijas de puerta en puerta, después, según declara, sus sesos. Estos los sigue vendiendo, incitando a Dios y deshonrando al hombre, dando como único fruto su cerebro, como la nuez su grano. Creo que debe de ser el hombre de mayor fe de cuantos viven. Sus palabras y actitud siempre presuponen un estado de cosas mejor que aquel con el que otros hombres están familiarizados, y él será el último hombre en decepcionarse a medida que los siglos avancen. No tiene ninguna inversión en el presente. Pero aunque hoy en día sea comparativamente ignorado, cuando le llegue su día, leyes insospechadas por la mayoría entrarán en vigor, y los padres de familia y los gobernantes acudirán a él en busca de consejo.

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