un suelo muy manantial, de hecho toda la terra firma que había—, y a llevárselo en trineos, y entonces adiviné que debían de estar cortando turba en un cenagal. Así iban y venían todos los días, con un chirrido peculiar de la locomotora, desde y hacia algún punto de las regiones polares, según me parecía, como una bandada de gorriones nivales árticos. Pero a veces la india Walden se tomaba la revancha, y un jornalero, que caminaba tras su yunta, se escurría por una grieta en el suelo rumbo al Tártaro, y aquel que antes era tan valiente de pronto se reducía a la novena parte de un hombre, casi perdía su calor animal y se alegraba de refugiarse en mi casa, y reconocía que una estufa tenía alguna virtud; o a veces el suelo helado le arrancaba un trozo de acero a una reja de arado, o un arado se quedaba atrancado en el surco y había que sacarlo a fuerza de cortes.
Para hablar con propiedad, un centenar de irlandeses, con capataces yanquis, venían de Cambridge todos los días a extraer el hielo. Lo dividían en bloques mediante métodos demasiado conocidos para necesitar descripción, y estos, transportados en trineos hasta la orilla, eran arrastrados rápidamente hacia una plataforma de hielo, y elevados mediante ganchos y poleas, accionados por caballos, sobre una pila, con tanta seguridad como si fueran otros tantos barriles de harina, y allí colocados ordenadamente codo con codo, y hilera tras hilera, como si formasen la base sólida de un obelisco destinado a perforar las nubes. Me contaron que en un buen día podían extraer mil toneladas, que era el rendimiento de una acre poco más o menos. En el hielo se abrían profundas roderas y «baches», como sobre terra firma, debido al paso de los trineos por la misma pista, y los caballos invariablemente se comían la avena en bloques de hielo ahuecados a modo de cubos. Apilaban así los bloques al aire libre en un montón de treinta y cinco pies de altura en uno de sus lados y de seis o siete rods de lado, intercalando heno entre las capas exteriores para excluir el aire; pues cuando el viento, por muy frío que