que daría la cosecha más abundante del tipo que yo deseaba, con tal de que pudiera permitirme el lujo de dejarla en paz.
Todo lo que podría decir, entonces, respecto a la agricultura a gran escala —yo siempre he cultivado un jardín— era que había tenido mis semillas listas. Muchos piensan que las semillas mejoran con los años. No tengo ninguna duda de que el tiempo discrimine entre las buenas y las malas; y cuando al fin plante, será menos probable que me lleve una desilusión. Pero les diría a mis semejantes, de una vez por todas, que vivan libres y sin ataduras tanto tiempo como sea posible. Da casi lo mismo estar atado a una granja que a la cárcel del condado.
El viejo Catón, cuyo De Re Rustica es mi Cultivator, dice —y la única traducción que he visto convierte el pasaje en un completo sinsentido—: «Cuando pienses en adquirir una granja, gíralo de este modo en tu mente: no la compres con codicia, ni escatimes esfuerzos en examinarla, y no creas que basta con darle una vuelta. Cuantas más veces vayas, más te agradará, si es buena». Creo que no la compraré con codicia, sino que le daré vueltas y más vueltas mientras viva, y seré enterrado en ella primero, para que al final me agrade tanto más.
El presente fue mi siguiente experimento de este género, que me propongo describir más largamente, resumiendo por comodidad la experiencia de dos años en uno.
Como he dicho, no me propongo escribir una oda al abatimiento, sino cacarear tan vigorosamente como el chantcler por la mañana, de pie en su gallinero, aunque sólo sea para despertar a mis vecinos.
Cuando por primera vez fui a morar en los bosques, es decir, empecé a pasar allí tanto las noches como los días, lo cual, por casualidad, fue el Día de la Independencia, o Cuatro de Julio de 1845, mi casa no estaba