CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 139 de 375
Table of Contents

Sonidos

nogales americanos y los zumaques, en una soledad y una quietud ininterrumpidas, mientras los pájaros cantaban alrededor o revoloteaban silenciosos por la casa, hasta que, al dar el sol en mi ventana del oeste, o por el ruido del carro de algún viajero en la carretera distante, se me recordaba el transcurso del tiempo. Creí en aquellas estaciones como el maíz en la noche, y fueron mucho mejores de lo que cualquier obra de las manos habría sido. No eran tiempo sustraído a mi vida, sino muchísimo más añadido a mi ración habitual. Comprendí lo que los orientales quieren decir con la contemplación y la renuncia a las obras.

En su mayor parte, no me importaba cómo transcurrían las horas. El día avanzaba como para alumbrar alguna obra mía; era de mañana, y he aquí que ahora es de atardecer, y no se ha llevado a cabo nada memorable.

En vez de cantar como los pájaros, sonreía silenciosamente ante mi incesante buena fortuna. Así como el gorrión tenía su trino, posado en el nogal americano frente a mi puerta, así tenía yo mi risita o mi gorgorito sofocado que él podía escuchar desde mi nido.

Mis días no eran días de la semana, que llevaran el sello de alguna deidad pagana, ni estaban picados en horas y devorados por el tictac de un reloj; pues vivía como los indios puri, de quienes se dice que «para ayer, hoy y mañana tienen una sola palabra, y expresan la variedad de significado señalando hacia atrás para el ayer, hacia adelante para el mañana, y por encima de la cabeza para el día que transcurre». Sin duda, para mis conciudadanos esto era pura holgazanería; pero si los pájaros y las flores me hubieran juzgado según sus normas, no habría resultado deficiente. Es verdad que el hombre debe encontrar sus propias ocasiones en su interior. El día natural es muy apacible y difícilmente reprobará su indolencia.

Tenía esta ventaja, al menos, en mi modo de vida, sobre aquellos que se veían obligados a buscar la diversión fuera, en la sociedad y en el teatro,

139