cielos, desplegando sus masas a la luz —como si este semidiós andante, este amontonador de nubes, fuera pronto a tomar el cielo del atardecer como la librea de su séquito—; cuando oigo al caballo de hierro hacer eco en las colinas con su ruidoso soplido como un trueno, sacudiendo la tierra con sus pies, y exhalando fuego y humo por sus narices (qué clase de caballo alado o dragón de fuego pondrán en la nueva Mitología no lo sé), parece como si la tierra tuviera ahora una raza digna de habitarla. ¡Si todo fuera como aparenta, y los hombres hicieran de los elementos sus sirvientes para fines nobles! Si la nube que cuelga sobre la máquina fuera el sudor de hazañas heroicas, o tan benéfica como la que flota sobre los campos del granjero, entonces los elementos y la Naturaleza misma acompañarían alegremente a los hombres en sus misiones y serían su escolta.
Observo el paso de los coches matutinos con el mismo sentimiento con que contemplo la salida del sol, que apenas es más regular. Su tren de nubes que se extiende muy lejos por detrás y sube cada vez más alto, rumbo al cielo mientras los coches van hacia Boston, oculta el sol por un minuto y proyecta sombra sobre mi lejano campo, un tren celestial junto al cual el insignificante tren de coches que se aferra a la tierra no es más que la púa de la lanza.
El pesebrero del caballo de hierro se levantó temprano en esta mañana de invierno, a la luz de las estrellas entre las montañas, para dar forraje y aparejar a su corcel. El fuego también fue despertado tan temprano para infundirle calor vital y ponerlo en marcha.
¡Si la empresa fuera tan inocente como temprana! Si la nieve es profunda, le atan las raquetas y, con el arado gigante, abren un surco desde las montañas hasta el litoral, en el cual los vagones, como una sembradora que viene detrás, esparcen por todo el país a los hombres inquietos y a la mercancía flotante a modo de semilla.