una gran carga, y aun así se encuentra a un hombre dispuesto a heredarla, conociéndola bien, según dice. Al consultar a los tasadores, me sorprende saber que no pueden mencionar de inmediato a una docena de personas en el pueblo que posean sus granjas libres de deudas. Si queréis conocer la historia de estas propiedades, preguntad en el banco donde están hipotecadas. El hombre que realmente ha pagado su granja con el trabajo en ella es tan raro que cualquier vecino puede señalarlo. Dudo que haya tres hombres así en Concord.
Lo que se ha dicho de los comerciantes, que una gran mayoría, incluso noventa y siete de cada cien, están destinados al fracaso, es igualmente cierto para los agricultores.
Respecto a los comerciantes, sin embargo, uno de ellos señala acertadamente que una gran parte de sus fracasos no son quiebras económicas genuinas, sino meros incumplimientos de sus compromisos por resultar inoportunos; es decir, es el carácter moral el que colapsa.
Pero esto pinta el asunto con un matiz infinitamente peor y sugiere, además, que probablemente ni siquiera los otros tres logren salvar sus almas, sino que acaso estén en bancarrota en un sentido peor que aquellos que quiebran honradamente.
La bancarrota y el repudio son los trampolines desde los cuales gran parte de nuestra civilización salta y da sus piruetas, pero el salvaje se halla en pie sobre la tabla inelástica de la hambruna. Con todo, la Exposición Ganadera de Middlesex se celebra aquí con esplendor todos los años, como si todas las coyunturas de la máquina agrícola estuvieran engrasadas.
El granjero se esfuerza por resolver el problema de su subsistencia mediante una fórmula más complicada que el propio problema. Para conseguir los cordones de sus zapatos especula con hatos de ganado. Con maestría consumada ha armado su trampa con un mecanismo de precisión para atrapar la comodidad