que pasan de dos en dos ante mi vista o se posan inquietas en las ramas del pino blanco detrás de mi casa, le da voz al aire; un águila pescadora arruga la superficie vidriosa del estanque y saca un pez; un visón sale sigiloso del pantano frente a mi puerta y atrapa una rana en la orilla; el junco se doblega bajo el peso de los escribanos palustres que revolotean de aquí para allá; y durante la última media hora he oído el traqueteo de los vagones de ferrocarril, que ahora se apaga y luego revive como el tamborileo de una perdiz, transportando viajeros de Boston al campo. Pues yo no vivía tan fuera del mundo como aquel muchacho a quien, según tengo entendido, pusieron a trabajar con un granjero en la parte este del pueblo, pero que al poco tiempo se escapó y volvió a casa, bastante desmoralizado y con nostalgia. Nunca había visto un lugar tan aburrido y apartado; la gente se había marchado toda; ¡vaya, que ni siquiera se podía oír el silbido! Dudo que haya un lugar así en Massachusetts hoy en día:—
“En verdad, nuestro pueblo se ha vuelto la burla De uno de esos veloces ejes ferroviarios, y sobre Nuestra llanura pacífica su sonido reconfortante es... Concord”.
El ferrocarril de Fitchburg toca el estanque a unas cien varas al sur de donde habito. Suelo ir al caserío bordeando su terraplén y estoy, por decirlo así, emparentado con la sociedad por este vínculo.
Los hombres de los trenes de mercancías, que recorren toda la longitud de la vía, me saludan como a un viejo conocido, pues pasan a mi lado muy a menudo, y al parecer me toman por un empleado; y así es. Yo también desearía ser un obrero de vías en alguna parte de la órbita terrestre.
El silbato de la locomotora penetra en mis bosques verano e invierno, resonando como el grito de un halcón que planea sobre el corral de algún