con sus «patitas», como si fuera por una apuesta, y ahora otros tantos pasos hacia allá, pero sin avanzar nunca más de media vara de una vez; y luego deteniéndose de pronto con una expresión ridícula y una voltereta gratuita, como si todos los ojos del universo estuvieran fijos en ella —pues todos los movimientos de una ardilla, incluso en los rincones más solitarios del bosque, suponen espectadores tanto como los de una bailarina—, perdiendo más tiempo en vacilaciones y cautelas del que habría bastado para recorrer toda la distancia —nunca vi caminar a una— y entonces de súbito, antes de que uno pudiera decir «Jesús», se encontraba en la copa de un pino resinoso joven, dando cuerda a su reloj y regañando a todos los espectadores imaginarios, soliloquiando y hablándole a todo el universo al mismo tiempo —sin motivo alguno que yo pudiera descubrir, o que ella misma conociera, según sospecho—. Al fin llegaba hasta el maíz y, tras elegir una mazorca adecuada, brincaba de la misma manera trigonométrica incierta hasta el leño más alto de mi pila de leña, frente a mi ventana, donde me miraba a la cara y se quedaba allí sentada durante horas, proveyéndose de una nueva mazorca de vez en cuando, mordisqueando al principio con voracidad y tirando las tusas medio desnudas por ahí; hasta que al fin se volvía aún más delicada y jugaba con su comida, saboreando solo el interior del grano, y la mazorca, que se sostenía equilibrada sobre el leño con una sola pata, se escurría de su descuido y caía al suelo, momento en el cual la miraba con una expresión ridícula de incertidumbre, como si sospechara que tenía vida, con la indecisión de si ir a buscarla de nuevo, o coger otra, o huir; pensando ahora en el maíz, escuchando luego para ver qué se cocía en el ambiente. Así, el descarado animalito desperdiciaba muchas mazorcas en una mañana; hasta que por fin, aferrando alguna más larga y rellena, bastante más grande que él y equilibrándola con habilidad, emprendía la marcha hacia el bosque, como un tigre con un búfalo, por el mismo recorrido en zigzag y con frecuentes paradas, arañando el suelo con ella como si fuera demasiado pesada y cayéndose a cada paso, haciendo de su caída una diagonal entre la perpendicular y la horizontal, decidido
Table of Contents
Animales de invierno
313