Por mi parte, creo que harían bien en metamorfosear a todos esos héroes ambiciosos de la novela universal en veletas humanas, tal como solían colocar héroes entre las constelaciones, y dejarles dar vueltas ahí hasta oxidarse, sin bajar en absoluto a molestar a los hombres honrados con sus travesuras.
La próxima vez que el novelista toque el timbre no me moveré aunque se queme la iglesia parroquial.
«El brinco del Salta-Puntitas, una novela de la Edad Media, por el célebre autor de “Tittle-Tol-Tan”, que aparecerá en entregas mensuales; gran aglomeración; no vengan todos a la vez.»
Todo esto lo leen con los ojos como platos, y una curiosidad erecta y primitiva, y con una molleja infatigable cuyas arrugas ni siquiera ahora necesitan afilado, tal como algún pequeño magistrado de cuatro años su edición de Cenicienta de dos centavos con cubierta dorada —sin mejora alguna, que yo pueda ver, en la pronunciación, ni en el acento, ni en el énfasis, ni mayor destreza en extraer o insertar la moraleja. El resultado es la torpeza de vista, un estancamiento de las circulaciones vitales y un deliquio general y descamación de todas las facultades intelectuales. Esta especie de pan de jengibre se hornea a diario y con más asiduidad que el trigo puro o el centeno con maíz en casi todos los hornos, y encuentra un mercado más seguro.
Los mejores libros no son leídos ni siquiera por aquellos que son llamados buenos lectores. ¿A qué se reduce nuestra cultura de Concord? No hay en este pueblo, con muy pocas excepciones, gusto alguno por los mejores libros ni por los muy buenos, ni siquiera en la literatura inglesa, cuyas palabras todos pueden leer y deletrear.