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Inauguración

En octubre fui a los prados del río en busca de uvas, y me cargué de racimos más preciosos por su belleza y fragancia que por su alimento. Allí también admiré, aunque no los coseché, los arándanos rojos, pequeñas gemas de cera, pendientes de la hierba de los prado, perlados y rojos, que el granjero arranca con un rastrilló feo, dejando el prado liso hecho un enredo, midiéndolos inconsideradamente solo por el celemín y el dólar, y vende el botín de las praderas a Boston y Nueva York; destinados a ser convertidos en mermelada, para satisfacer los gustos de los amantes de la Naturaleza de allí. Así los carniceros rastrillan las lenguas de bisonte de la hierba de la pradera, sin importarles la planta desgarrada y caída. El brillante fruto del agracejo era asimismo alimento únicamente para mis ojos; pero reuní una pequeña provisión de manzanas silvestres para estofar, que el dueño y los viajeros habían pasado por alto. Cuando las castañas maduraron, guardé medio celemín para el invierno. Era muy emocionante en aquella estación recorrer los entonces ilimitados bosques de castaños de Lincoln⁠—hoy duermen su largo sueño bajo el ferrocarril⁠— con un saco al hombro y un palo en la mano para abrir los erizos, pues no siempre esperaba a las heladas, en medio del crujir de las hojas y las sonoras reprensiones de las ardillas rojas y los arrendajos, cuyas nueces medio consumidas a veces robaba, pues los erizos que ellas habían seleccionado con certeza contenían frutos sanos. Ocasionalmente trepaba y sacudía los árboles. Crecían también detrás de mi casa, y un gran árbol, que casi la eclipsaba, era, cuando estaba en flor, un ramo que perfumaba todo el vecindario, pero las ardillas y los arrendajos se llevaban la mayor parte de su fruto; estos últimos llegaban en bandadas temprano por la mañana y sacaban las nueces de los erizos antes de que cayeran, así que les cedí estos árboles y visité los bosques más lejanos compuestos enteramente de castaños. Estas nueces, hasta donde

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