Salí una tarde de pesca hacia Fair Haven, a través del bosque, para completar mi escasa dieta de verduras. Mi camino pasaba por Pleasant Meadow, un anexo de Baker Farm, aquel refugio del que un poeta ha cantado desde entonces, empezando por—
“Tu entrada es un campo ameno, que un musgoso frutal lleno cede en parte a un arroyo rojo que cruza el almizclero ojo, y una trucha mercurial, rápida y salta y sal.”
Pensé en vivir allí antes de ir a Walden. «Robé» las manzanas, salté el arroyo y asustué a la rata almizclera y a la trucha. Era una de esas tardes que se anteponen a uno indefinidamente largas, en las cuales pueden suceder muchos acontecimientos, una gran porción de nuestra vida natural, aunque ya iba por la mitad cuando salí. A todo esto se vino encima un chaparrón, que me obligó a estarme media hora bajo un pino, apilando ramas sobre mi cabeza y usando mi pañuelo de cobertizo; y cuando al fin hube hecho un lance sobre el pontederia, con el agua a la cintura, me encontré de repente en la sombra de una nube, y los truenos empezaron a retumbar con tal énfasis que no pude hacer otra cosa que escucharlos. Los dioses deben de estar orgullosos, pensé, al poner en fuga con relámpagos tan bífidos a un pobre pescador desarmado. Así que me di prisa en busca de refugio a la cabaña más cercana, que distaba media milla de cualquier camino, pero tanto más próxima a la laguna, y que llevaba mucho tiempo deshabitada:—
“Y aquí un poeta edificó, En los años cumplidos, He aquí una cabaña trivial Que hacia la destrucción se dirige.”
Así fabula la Musa. Pero allí, según descubrí, moraban ahora John Field, un irlandés, su esposa y varios hijos, desde el muchacho de cara ancha que ayudaba a su padre en el trabajo y ahora venía corriendo a su lado desde el cenagal para escapar de la lluvia, hasta el infante arrugado, parecido a una sibila y de cabeza cónica que se sentaba en las rodillas de