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Donde viví y para qué viví

Sin embargo, no pocos son los ávidos de este chismorreo. Hubo tal aglomeración, según oigo, el otro día en una de las oficinas para enterarse de las noticias extranjeras de la última llegada, que varios grandes cristales de espejo del establecimiento se rompieron debido a la presión; noticias que, según pienso seriamente, un ingenio listo podría redactar con un año, o doce años, de anticipación con la suficiente exactitud. En cuanto a España, por ejemplo, si uno sabe cómo intercalar a don Carlos y a la infanta, y a don Pedro y Sevilla y Granada, de vez en cuando en las proporciones correctas —puede que hayan cambiado un poco los nombres desde que vi los periódicos—, y sirve una corrida de toros cuando faltan otras diversiones, será verídico al pie de la letra y nos dará una idea tan buena del estado exacto o la ruina de las cosas en España como los informes más sucintos y lúcidos sobre este particular en los periódicos; y en cuanto a Inglaterra, casi el último fragmento significativo de noticia de aquel lugar fue la revolución de 1649; y si uno ha aprendido la historia de sus cosechas para un año promedio, jamás necesita volver a prestar atención a ese asunto, a menos que sus especulaciones sean de carácter meramente pecuniario. Si se puede juzgar por alguien que rara vez echa un vistazo a los periódicos, jamás sucede nada nuevo en las partes extranjeras, revolución francesa incluida.

¡Qué noticias! ¡Cuánto más importante saber qué es eso que nunca envejeció! «Kieou-he-yu (gran dignatario del estado de Wei) envió un hombre a Khoung-tseu para saber sus noticias. Khoung-tseu hizo que el mensajero se sentara cerca de él y le interrogó en estos términos: ¿Qué está haciendo vuestro amo? El mensajero respondió con respeto: Mi amo desea disminuir el número de sus faltas, pero no puede llegar al fin de ellas. Habiéndose marchado el mensajero, el filósofo comentó: ¡Qué digno mensajero! ¡Qué digno mensajero!». El predicador, en vez de fastidiar los oídos de los somnolientos granjeros en su día de descanso al final de la semana —pues el domingo es la apropiada conclusión de una semana malgastada, y no el fresco y valiente comienzo de otra nueva— con este otro sermón andrajoso, debería gritar con voz tronadora: «¡Alto! ¡Avante! ¿Por qué esa prisa aparente, pero mortíferamente lenta?».

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