He leído en un libro hindú que
«hubo un hijo de rey que, habiendo sido expulsado en su infancia de su ciudad natal, fue criado por un guardabosques y, al crecer hasta la madurez en esa condición, se imaginó a sí mismo perteneciente a la raza bárbara con la que vivía. Uno de los ministros de su padre, habiéndolo descubierto, le reveló quién era, y el malentendido sobre su carácter desapareció, y supo que era un príncipe. Así el alma —continúa el filósofo hindú—, por las circunstancias en las que se encuentra, confunde su propio carácter, hasta que la verdad le es revelada por algún maestro santo, y entonces sabe que es Brahme».
Percibo que nosotros, los habitantes de Nueva Inglaterra, vivimos esta vida mezquina que vivimos porque nuestra visión no penetra la superficie de las cosas. Creemos que lo que es es lo que aparenta ser. Si un hombre caminara por este pueblo y viera solo la realidad, ¿adónde, pensáis, iría a parar el «Milldam»? Si nos diera cuenta de las realidades que allí contempló, no reconoceríamos el lugar en su descripción. Mirad una