Al volver a casa por el bosque con mi retarta de peces, arrastrando la caña, siendo ya bastante oscuro, atisbé una marmota que cruzaba furtiva mi sendero, y sentí una extraña emoción de deleite salvaje, y me sentí fuertemente tentado a agarrarla y devorarla cruda; no porque tuviera hambre entonces, sino por aquella indómita naturaleza que ella representaba. Una o dos veces, sin embargo, mientras viví junto al estanque, me descubrí recorriendo los bosques, como un sabueso medio hambriento, con un extraño abandono, buscando alguna clase de caza que pudiera devorar, y ningún bocado habría sido demasiado salvaje para mí. Los escenarios más agrestes se me habían vuelto inexplicablemente familiares. Encontré en mí, y aún encuentro, un instinto hacia una vida superior, o, como suele llamarse, espiritual, como le ocurre a la mayoría de los hombres, y otro hacia una vida primitiva, zafia y salvaje, y los venero a ambos. Amo lo salvaje no menos que lo bueno. La indómita naturaleza y la aventura que hay en la pesca seguían recomendándomela. Me gusta a veces aferrarme con fuerza a la vida y pasar el día más a la manera de los animales. Tal vez deba a esta ocupación y a la caza, cuando era muy joven, mi conocimiento más íntimo de la Naturaleza. Ellas nos introducen pronto en paisajes y nos retienen en ellos con los que, de otro modo, a esa edad, tendríamos poca familiaridad. Los pescadores, los cazadores, los leñadores y otros, que pasan su vida en los campos y bosques, formando parte de la Naturaleza misma en un sentido peculiar, se hallan a menudo en un estado anímico más favorable para observarla, en los intervalos de sus ocupaciones, que los propios
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