hay mayor ansiedad por llevar ropa de moda, o al menos limpia y sin remiendos, que por tener la conciencia tranquila. Pero aun si el desgarro no se remienda, tal vez el peor vicio que se delata sea la falta de previsión. A veces pongo a prueba a mis conocidos con pruebas como esta: ¿Quién podría llevar un remiendo, o dos costuras extra solamente, sobre la rodilla? La mayoría se comporta como si creyera que sus perspectivas de vida quedarían arruinadas si lo hiciera. Les sería más fácil cojear hasta el pueblo con una pierna rota que con un pantalón roto. A menudo, si le ocurre un accidente a las piernas de un caballero, se pueden remendar; pero si un accidente similar le ocurre a las piernas de sus pantalones, no hay remedio, pues él no considera lo que es verdaderamente respetable, sino lo que es respetado.
Conocemos a muy pocos hombres, a una gran cantidad de abrigos y calzones.
Viste a un espantapájaros con tu última camisa, estando tú de pie y sin camisa, ¿a quién saludaría antes cualquiera, sino al espantapájaros?
Pasando el otro día por un maizal, junto a un sombrero y un abrigo en una estaca, reconocí al dueño de la granja. Estaba solo un poco más curtido por la intemperie que la última vez que lo vi.
He oído hablar de un perro que ladraba a todo extraño que se acercaba a la propiedad de su amo con ropa puesta, pero que se calmaba fácilmente ante un ladrón desnudo.
Es una cuestión interesante saber hasta qué punto los hombres conservarían su rango relativo si se les despojara de sus ropas. ¿Podríais, en tal caso, distinguir con certeza en cualquier grupo de hombres civilizados cuáles pertenecían a la clase más respetada? Cuando la señora Pfeiffer, en sus aventureros viajes alrededor del mundo, de este a oeste,