Cuando el suelo estaba parcialmente desprovisto de nieve y unos cuantos días templados habían secado un tanto su superficie, era un placer comparar los primeros y tiernos signos del año infante que apenas asomaban con la majestuosa belleza de la vegetación marchita que había resistido el invierno —siemprevivas, varas de oro, hierbas de San Antonio y graciosas gramíneas silvestres, con frecuencia más evidentes e interesantes que en verano incluso, como si su belleza no madurara hasta entonces; hasta la hierba de los pantanos, las espadañas, los gordolobos, el hipérico, la espirea, la reina de los prados y otras plantas de tallos robustos, esos graneros inagotables que entretienen a las primeras aves—, hierbas discretas, al menos, que viste la Naturaleza viuda. Me atrae particularmente la copa arqueada y en forma de gavilla del Scirpus; trae de nuevo el verano a nuestros recuerdos invernales y se cuenta entre las formas que al arte le encanta copiar y que, en el reino vegetal, guardan la misma relación con los arquetipos ya existentes en la mente del hombre que la astronomía. Es un estilo antiguo, anterior al griego o al egipcio. Muchos de los fenómenos del invierno sugieren una ternura inexpresiva y una delicadeza frágil. Estamos acostumbrados a oír describir a este rey como un tirano rudo y bullicioso; pero, con la manseduencia de un amante, adorna las guedejas del verano.
Al acercarse la primavera, las ardillas rojas se metieron bajo mi casa, de dos en dos, justo debajo de mis pies mientras yo estaba sentado leyendo o escribiendo, y emitieron los sonidos de risita, chirrido, pirueta vocal y gorgorito más extraños que jamás se hayan escuchado; y cuando yo zapateaba, solo chirriaban más fuerte, como si hubieran perdido todo miedo y respeto en sus locas travesuras, desafiando a la humanidad a detenerlas.
No, no lo harás—chickaree—chickaree.
Eran totalmente sordas a mis argumentos, o no lograban percibir su fuerza, y cayeron en un tono de invectiva que resultaba irresistible.