contenido de los amplios campos abiertos se amontonaba entre las paredes del camino de Walden, y media hora bastaba para borrar las huellas del último viajero. Y cuando regresaba, se habrían formado nuevos ventisqueros, por los cuales avanzaba con dificultad, allí donde el atareado viento del noroeste había ido depositando la nieve pulverulenta alrededor de una cerrada curva del camino, y no se veía ni la huella de un conejo, ni siquiera la fina impresión, la letra pequeña, de un ratón de campo. Sin embargo, rara vez dejaba de hallar, incluso en pleno invierno, algún pantano cálido y con aires de primavera donde la hierba y la col mofeta aún brotaban con verdor perenne, y algún pájaro más resistente aguardaba de vez en cuando el retorno de la primavera.
A veces, a pesar de la nieve, cuando regresaba de mi paseo al anochecer, cruzaba las profundas huellas de un leñador que partían de mi puerta, y hallaba su montón de virutas en el hogar, y mi casa llena con el olor de su pipa.
O un domingo por la tarde, si daba la casualidad de estar en casa, oía el crujido de la nieve producido por el paso de un agricultor sagaz, que desde lo más hondo del bosque buscaba mi casa para tener una «cháchara» amistosa; uno de los pocos de su oficio que son «hombres en sus granjas»; que se ponía una blusa en lugar de la toga de un profesor, y está tan dispuesto a extraer la moraleja de la iglesia o del Estado como a acarrear una carga de estiércol de su corral.
Hablábamos de tiempos rudos y sencillos, en los que los hombres se sentaban alrededor de grandes hogueras con un tiempo frío y vigorizante, con la cabeza despejada; y cuando escaseaba otro postre, probábamos los dientes con más de una nuez que las ardientes ardillas hacía tiempo que habían abandonado, pues las que tienen las cáscaras más gruesas suelen estar vacías.