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Sonidos

Mi casa estaba en la ladera de una colina, justo al borde del bosque más grande, en medio de un joven pinar y de nogales americanos, y a media docena de varas del estanque, hacia el cual conducía un estrecho sendero cuesta abajo.

En mi jardín delantero crecían la fresa, la zarzamora y la inmortela, hierba de San Juan y vara de oro, robles arbustivos y cerezo de arena, arándano y apios del monte.

Casi a finales de mayo, el cerezo de arena (Cerasus pumila) adornaba los márgenes del sendero con sus delicadas flores dispuestas en umbelas cilíndricas alrededor de sus cortos tallos, los cuales, en otoño, cargados de cerezas hermosas y de buen tamaño, se inclinaban formando guirnaldas como rayos hacia todos lados. Las probé por cortesía hacia la Naturaleza, aunque apenas eran apetitosas.

El zumaque (Rhus glabra) crecía locamente alrededor de la casa, abriéndose paso a través del terraplén que yo había hecho y creciendo cinco o seis pies en la primera estación. Su hoja ancha, pinnada y tropical era agradable, aunque extraña a la vista. Las grandes yemas, que brotaban de repente a finales de la primavera de unos palos secos que parecían muertos, se desarrollaban como por arte de magia en ramas gráciles, verdes y tiernas, de una pulgada de diámetro; y a veces, mientras estaba sentado a mi ventana, tan descuidadamente crecían y exigían a sus débiles coyunturas, oía una rama nueva y tierna caer de repente al suelo como un abanico, cuando no soplaba ni un soplo de aire, quebrada por su propio peso. En agosto, las grandes masas de bayas, que durante la floración habían atraído a muchas abejas silvestres, adoptaban gradualmente su brillante tono carmesí aterciopelado y, de nuevo por su peso, doblaban y rompían las tiernas extremidades.

Mientras estoy sentado a mi ventana en esta tarde de verano, los halcones revolotean en círculos sobre mi claro; el galope de las palomas silvestres,

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