También oía el alarido del hielo en el estanque, mi gran compañero de cama en aquella parte de Concord, como si estuviera inquieto en su lecho y quisiera darse la vuelta, padeciera de flatulencias y tuviera sueños; o me despertaba el crujido del suelo debido a la helada, como si alguien hubiera conducido un carruaje contra mi puerta, y por la mañana hallaba una grieta en la tierra de un cuarto de milla de largo y un tercio de pulgada de ancho.
A veces oía a los zorros cuando recorrían la costra de nieve, en noches de luna, en busca de una perdiz u otra presa, ladrando áspera y demoníacamente como perros de los bosques, como si bregaran con alguna ansiedad, o buscasen expresión, luchando por la luz y por ser perros de pies a cabeza y correr libremente por las calles; pues si tomamos los siglos en cuenta, ¿acaso no podrá haber una civilización en curso entre los brutos tanto como entre los hombres?
Me parecían hombres rudimentarios y cavadores, que aún se defienden, a la espera de su transformación. A veces uno se acercaba a mi ventana, atraído por mi luz, me lanzaba una maldición vulpina y luego se retiraba.
Por lo común, la ardilla roja (Sciurus Hudsonius) me despertaba al alba, corriendo por el tejado y subiendo y bajando por las paredes de la casa, como si la hubieran enviado del bosque con ese propósito. En el transcurso del invierno eché sobre la costra de nieve junto a mi puerta medio celemín de mazorcas de maíz dulce que no habían madurado, y me divertí observando los movimientos de los diversos animales que acudían atraídos por el cebo. Alcrepúsculo y por la noche los conejos venían con regularidad y se daban un buen banquete. Todo el día las ardillas rojas iban y venían, ofreciéndome gran entretenimiento con sus maniobras. Una se acercaba al principio con cautela a través de los matorrales de robles, corriendo sobre la costra de nieve a saltos intermitentes como una hoja soplada por el viento, ahora unos pasos hacia acá, con velocidad asombrosa y derroche de energía, dándose una prisa inconcebible