nobleza y poesía se asocian a ese deporte. Esmerejón me pareció que podría llamarse: pero no me importa su nombre. Fue el vuelo más etéreo que jamás había presenciado. No se limitaba aletear como una mariposa, ni a planear como los halcones más grandes, sino que retozaba con orgullosa confianza en los campos del aire; ascendiendo una y otra vez con su extraña risita ahogada, repetía su libre y hermosa caída, dando vueltas y más vueltas como un barrilete, y recuperándose luego de su elevado tumbo, como si jamás hubiera puesto el pie en tierra firme. Parecía no tener ningún compañero en el universo —retozando allí a solas— y no necesitar a ninguno más que a la mañana y al éter con los que jugaba. No estaba solo, sino que hacía que toda la tierra bajo él se sintiera solitaria. ¿Dónde estaba el progenitor que lo empolló, sus parientes y su padre en los cielos? Habitante del aire, parecía estar emparentado con la tierra solo por un huevo empollado en algún momento en la grieta de un risco; —¿o acaso su nido natal estaba hecho en el ángulo de una nube, tejido con los adornos del arco iris y el cielo del atardecer, y forrado con alguna suave neblina de pleno verano recogida de la tierra? Su nido ahora, alguna nube peñascosa.
Junto a esto conseguí una rara multitud de peces dorados, plateados y de un brillante cobrizo, que parecían un collar de joyas.
¡Ah! He penetrado en esos prados en la mañana de muchos días de una primera primavera, saltando de montículo en montículo, de raíz de sauce en raíz de sauce, cuando el salvaje valle del río y los bosques estaban bañados por una luz tan pura y brillante que habría despertado a los muertos, si hubieran estado durmiendo en sus tumbas, como algunos suponen.
No hace falta mayor prueba de inmortalidad. Todo debe vivir bajo semejante luz. Oh Muerte, ¿dónde estaba tu aguijón? Oh Sepulcro, ¿dónde estaba tu victoria entonces?