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Primavera

pasado o no con solo mirar cualquier ramita del bosque, sí, hasta en la misma pila de leña. A medida que oscurecía, me sobresaltó el trompeteo de los gansos que volaban bajo sobre los bosques, como viajeros cansados que llegan tarde de los lagos del Sur y se entregan por fin a la queja desenfrenada y al consuelo mutuo. De pie en mi puerta, podía oír el batir de sus alas cuando, dirigiéndose hacia mi casa, divisaron de repente mi luz y, con clamor apagado, giraron y se posaron en el estanque. Así que entré, cerré la puerta y pasé mi primera noche de primavera en los bosques.

Por la mañana observé a los gansos desde la puerta a través de la bruma, flotando en medio del estanque, a cincuenta varas de distancia, tan grandes y bulliciosos que Walden parecía un estanque artificial hecho para su entretenimiento.

Pero cuando me paré en la orilla, se levantaron de inmediato con un gran batir de alas a la señal de su comandante, y una vez formados en fila dieron vueltas sobre mi cabeza, veintinueve de ellos, para luego poner rumbo recto hacia Canadá, con el ganso líder emitiendo un gansojeo regular a intervalos, confiando en romper el ayuno en charcas más fangosas.

Un «grupo» de patos se levantó al mismo tiempo y tomó la ruta hacia el norte en estela de sus más ruidosos primos.

Durante una semana escuché el clamor en círculos y a tientas de algún ganso solitario en las mañanas neblinosas, buscando a su compañera, y poblando aún los bosques con el sonido de una vida mayor que la que estos podían sostener. En abril volvieron a verse las palomas volando con urgencia en bandadas pequeñas, y a su debido tiempo escuché a los vencejos chirriar sobre mi claro, aunque no había parecido que el municipio contuviera tantos como para permitirse regalarme alguno, y me imaginé que pertenecían

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