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Lectura

Embriagarme con una sola copa de vino; he experimentado este placer cuando he bebido el licor de las doctrinas esotéricas». Tuve la Ilíada de Homero sobre mi mesa durante todo el verano, aunque solo miraba sus páginas de vez en cuando. La incesante labor con mis manos, al principio, ya que tenía que terminar mi casa y escardar mis judías al mismo tiempo, hizo imposible un estudio mayor. Sin embargo, me sustentaba con la perspectiva de tal lectura en el futuro. Leí uno o dos libros de viajes superficiales en los intervalos de mi trabajo, hasta que esa ocupación me hizo sentir vergüenza de mí mismo, y me pregunté dónde era entonces que vivía.

El estudiante puede leer a Homero o a Esquilo en griego sin peligro de disipación o suntuosidad, pues ello implica que en cierta medida emula a sus héroes y consagra las horas matutinas a sus páginas.

Los libros heroicos, aun impresos con los caracteres de nuestra lengua materna, estarán siempre en una lengua muerta para los tiempos degenerados; y debemos buscar laboriosamente el significado de cada palabra y línea, infiriendo un sentido más amplio del que permite el uso común a partir de la sabiduría, el valor y la generosidad que poseemos.

La moderna prensa, barata y prolífica, con todas sus traducciones, ha hecho poco por acercarnos a los escritores heroicos de la antigüedad. Parecen tan solitarios, y los caracteres en que están impresos tan raros y curiosos, como siempre.

Vale la pena el sacrificio de los días juveniles y de las horas costosas, si uno aprende tan solo algunas palabras de una lengua antigua, que se elevan por encima de la trivialidad de la calle para ser sugerencias y provocaciones perpetuas. No es en vano que el granjero recuerde y repita las pocas palabras en latín que ha escuchado.

A veces los hombres hablan como si el estudio de los clásicos fuera a ceder el paso a estudios más modernos y prácticos; pero el estudiante audaz

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