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Economía

una gran parte de nuestros males.

El verano, en ciertos climas, hace posible para el hombre una especie de vida elísea. El combustible, salvo para cocinar sus alimentos, resulta entonces innecesario; el sol es su fuego, y muchos frutos están suficientemente cocidos por sus rayos; mientras que la comida, por lo general, es más variada y se consigue con mayor facilidad, y el vestido y el refugio son total o parcialmente innecesarios.

En la actualidad, y en este país, según compruebo por mi propia experiencia, unos cuantos aperos, un cuchillo, un hacha, una azada, una carretilla, etcétera, y para el estudioso, luz de lámpara, efectos de escritorio y acceso a unos pocos libros, ocupan el segundo lugar después de lo indispensable, y pueden conseguirse todos a un costo insignificante.

Sin embargo, algunos, no muy sabios, van al otro lado del globo, a regiones bárbaras e insalubres, y se dedican al comercio durante diez o veinte años, con el fin de vivir —es decir, mantenerse confortablemente abrigados— y morir por fin en Nueva Inglaterra.

Los ricos ostentosos no solo se mantienene confortablemente abrigados, sino artificialmente calientes; como insinué antes, están cocinados, por supuesto à la mode.

La mayor parte de los lujos, y muchos de los llamados comodidades de la vida, no solo no son indispensables, sino que son obstáculos positivos para la elevación de la humanidad. Respecto a los lujos y las comodidades, los más sabios siempre han llevado una vida más sencilla y austera que los pobres. Los antiguos filósofos —chinos, hindúes, persas y griegos— formaron una clase que no ha tenido igual en cuanto a su pobreza en riquezas materiales, ni en cuanto a su riqueza en las espirituales. No sabemos mucho acerca de ellos. Es notable que sepamos tanto de ellos como sabemos. Lo mismo ocurre con los reformadores y bienhechores de su raza más

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