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Antiguos habitantes y visitantes de invierno

“¡Qué ciego el que no ve la serenidad!”

Un verdadero amigo del hombre; casi el único amigo del progreso humano. Un Old Mortality, dígase más bien un Immortality, que con incansable paciencia y fe aclara la imagen grabada en los cuerpos de los hombres, el Dios del cual ellos no son sino monumentos desfigurados y caídos. Con su hospitalaria inteligencia abraza a niños, mendigos, dementes y eruditos, y acoge el pensamiento de todos, añadiéndole por lo comúnmente algo de amplitud y elegancia. Pienso que debería mantener un caravasar en la gran vía del mundo, donde pudieran hospedarse filósofos de todas las naciones, y en su letrero debería estar impreso: «Entretenimiento para el hombre, mas no para su bestia. Entrad los que tengáis tiempo libre y la mente tranquila, los que busquéis sinceramente el buen camino». Es tal vez el hombre más cuerdo y tiene menos manías de cuantos tengo la suerte de conocer; el mismo ayer y mañana. Antaño habíamos deambulado y conversado, y dejado eficazmente el mundo atrás; pues no estaba comprometido con ninguna institución en él, libre de cuna, ingenuus. Fuera cual fuere el rumbo que tomáramos, parecía que el cielo y la tierra se habían unido, puesto que él realzaba la belleza del paisaje. Un hombre de túnica azul, cuyo techo más idóneo es el cielo abovedado que refleja su serenidad. No veo cómo pueda morir jamás; la Naturaleza no puede prescindir de él.

Teniendo cada uno algunas tablillas de pensamiento bien secas, nos sentamos a tallarlas, probando nuestros cuchillos y admirando la clara veta amarillenta del pino blanco americano. Wadeamos con tanta delicadeza y reverencia, o remamos juntos con tanta suavidad, que los peces del pensamiento no se asustaron del arroyo, ni temieron a ningún pescador en la orilla, sino que iban y venían con majestad, como las

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