CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 199 de 375
Table of Contents

El campo de judías

de modo que debiéramos sospechar que podríamos estar conversando con un ángel. El pan puede no nutrirnos siempre; pero siempre nos hace bien, incluso le quita la rigidez a nuestras articulaciones, y nos hace flexibles y vivaces, cuando no sabíamos qué nos aquejaba, al reconocer cualquier generosidad en el hombre o en la Naturaleza, al compartir cualquier gozo puro y heroico.

La poesía y la mitología antiguas sugieren, al menos, que la agricultura fue en otro tiempo un arte sagrado; pero nosotros la practicamos con una prisa irreverente y desconsiderada, siendo nuestro único objetivo tener grandes granjas y grandes cosechas. No tenemos ninguna festividad, ni procesión, ni ceremonia, sin excluir nuestras exposiciones de ganado y los llamados Días de Acción de Gracias, mediante las cuales el agricultor exprese el sentido de la saciedad de su vocación, o se le recuerde su sagrado origen. Lo que le tienta es el premio y el banquete. No sacrifica a Ceres ni al Jove Terrestre, sino más bien al infernal Pluto. Por la avaricia y el egoísmo, y por ese hábito mezquino, del que ninguno de nosotros está libre, de considerar el suelo como propiedad, o principalmente como un medio para adquirir propiedades, el paisaje queda desfigurado, entre nosotros la agricultura se degrada y el agricultor lleva la más mezquina de las vidas. Él no conoce a la naturaleza sino como un ladrón. Catón dice que las ganancias de la agricultura son particularmente piadosas o justas (maximeque pius quaestus), y según Varrón, los antiguos romanos «llamaban a la misma tierra Madre y Ceres, y pensaban que quienes la cultivaban llevaban una vida piadosa y útil, y que ellos solos quedaban de la estirpe del rey Saturno».

Solemos olvidar que el sol contempla nuestros campos cultivados y las praderas y bosques sin distinción. Todos ellos reflejan y absorben sus rayos por igual, y los primeros no forman más que una pequeña parte del glorioso cuadro que él contempla en su curso diario. A sus ojos, toda la tierra está igualmente cultivada como un jardín. Por lo tanto, debemos recibir el beneficio de su luz y su calor con una confianza y

199