La vida de nuestro pueblo se estancaría si no fuera por los bosques y prados inexplorados que lo rodean. Necesitamos el tónico de lo silvestre: vadear a veces en pantanos donde el avetoro y la gallinuela se ocultan, y escuchar el abombo de la agachadiza; oler el junco susurrante donde solo algún ave más montaraz y solitaria construye su nido, y el visón se arrastra con el vientre pegado al suelo. Al mismo tiempo que nos afanamos por explorar y aprender todas las cosas, exigimos que todas las cosas sean misteriosas e inexplorables, que la tierra y el mar sean infinitamente salvajes, insondados e insondables para nosotros por ser insondables. Nunca tenemos suficiente de la naturaleza. Debemos renovarnos contemplando un vigor inagotable, rasgos vastos y titánicos, la costa con sus naufragios, la espesura con sus árboles vivos y en descomposición, la nube de tormenta y la lluvia que dura tres semanas y provoca crecidas. Necesitamos presenciar cómo se transgreden nuestros propios límites, y alguna vida pastando libremente por donde jamás vagamos. Nos anima observar al buitre alimentándose de la carroña que nos disgusta y desalienta, y extrayendo salud y fuerza de ese banquete. Había un caballo muerto en la hondonada junto al sendero de mi casa, lo que a veces me obligaba a desviar Párrafo del camino, especialmente de noche cuando el aire era denso, pero la garantía que me ofrecía del fuerte apetito y la salud inviolable de la Naturaleza era mi compensación por ello. Me encanta ver que la Naturaleza rebosa tanta vida que se puede permitir el lujo de sacrificar a miríadas y tolerar que se devoren unas a otras; que las organizaciones delicadas puedan ser aplastadas de la existencia con tanta serenidad, como si fueran pulpa —renacuajos que las garzas engullen, y tortugas y sapos atropellados en el camino—, ¡y que a veces haya llovido carne y sangre! Ante la propensión al accidente, debemos ver cuán poco valor se le debe conceder. La impresión que se lleva un hombre sabio es la de una inocencia universal. Al fin y al cabo el veneno no es venenoso, ni ninguna herida es fatal. La compasión es un terreno muy indefendible. Debe ser expedita. Sus súplicas no admiten ser estereotipadas.
A principios de mayo, los robles, los carpes, los arces y otros árboles, que apenas brotaban entre los pinares que rodeaban el estanque, otorgaban al