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Economía

ganarme la vida con honradez, conservando la libertad para mis ocupaciones propias, era una cuestión que me atormentaba aún más que ahora —pues por desgracia me he vuelto algo insensible—, solía ver junto a la vía del tren una caja grande, de seis pies de largo por tres de ancho, en la que los obreros encerraban sus herramientas por la noche; y aquello me sugirió que todo hombre que se viera en apuros podría conseguir una por un dólar y, tras abrirle con barreno unos cuantos agujeros para que entrase al menos el aire, meterse en ella cuando llovía y por la noche, echar el pestillo a la tapa y tener así libertad en su amor y ser libre en su alma. Esto no parecía lo peor, ni mucho menos una alternativa desdeñable. Uno podía quedarse despierto hasta tan tarde como quisiera y, a la hora de levantarse, salir al mundo sin que ningún casero o amo de casa lo persiguiera por el alquiler. Muchos hombres mueren acosados por pagar el alquiler de una caja más grande y lujosa que no se habrían muerto de congelación en una caja como esta. Estoy muy lejos de bromear. La economía es un tema que tolera ser tratado con ligereza, pero no se le despacha tan fácilmente.

Una casa cómoda para una raza ruda y resistente, que vivía principalmente al aire libre, fue hecha aquí en otro tiempo casi enteramente con aquellos materiales que la Naturaleza les proporcionaba listos en sus manos. Gookin, que era superintendente de los indios súbditos de la Colonia de Massachusetts, escribiendo en 1674, dice: > «Las mejores de sus casas están cubiertas muy primorosamente, sin rendijas y abrigadas, con cortezas de árboles, arrancadas de sus troncos en aquellas estaciones en que la savia está arriba, y hechas grandes láminas, mediante la presión de maderas pesadas, cuando están verdes.

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