Ahora que los coches han pasado y con ellos todo el mundo inquieto, y los peces del estanque ya no sienten su retumbo, estoy más solo que nunca.
Durante el resto de la larga tarde, tal vez, mis meditaciones solo se vean interrumpidas por el leve traqueteo de un carruaje o una yunta por la carretera lejana.
A veces, los domingos, oía las campanas, la de Lincoln, la de Acton, la de Bedford o la de Concord, cuando el viento era favorable; una melodía tenue, dulce y, por decirlo así, natural, digna de ser importada a la espesura.
A la distancia adecuada sobre los bosques, este sonido adquiere un cierto zumbido vibratorio, como si las agujas de los pinos en el horizonte fuesen las cuerdas de un arpa que este barriera. Todo sonido escuchado a la mayor distancia posible produce uno y el mismo efecto, una vibración de la lira universal, del mismo modo que la atmósfera interpuesta hace que una cresta de tierra distante resulte interesante a nuestros ojos por el tinte azulado que le confiere.
Llegaba a mí en este caso una melodía que el aire había filtrado, y que había conversado con cada hoja y cada aguja del bosque, aquella porción del sonido que los elementos habían recogido, modulado y hecho eco de valle en valle.
El eco es, hasta cierto punto, un sonido original, y en ello reside su magia y su encanto.
No es meramente una repetición de lo que valía la pena repetir en la campana, sino en parte la voz del bosque; las mismas palabras y notas triviales cantadas por una ninfa silvestre.