de la mejor madera en París, aunque esta inmensa capital requiere anualmente más de trescientas mil cords de leña, y está rodeada a una distancia de trescientas millas por llanuras cultivadas». En este pueblo, el precio de la madera sube casi constantemente, y la única cuestión es cuánto más alta será este año que el pasado. Los artesanos y comerciantes que acuden en persona al bosque sin ningún otro propósito, no faltan a la subasta de leña, y pagan incluso un alto precio por el privilegio de rebuscar los restos del leñador. Hace ya muchos años que los hombres acuden al bosque en busca de combustible y materiales para las artes: el habitante de Nueva Inglaterra y el de Nueva Holanda, el parisino y el celta, el granjero y Robin Hood, Goody Blake y Harry Gill; en la mayor parte del mundo, el príncipe y el campesino, el erudito y el salvaje, todos necesitan por igual todavía unos cuantos palos del bosque para abrigarse y cocinar sus alimentos. Yo tampoco podría prescindir de ellos.
Todo hombre mira su pila de leña con una especie de afecto.
Me encanta tener la mía frente a la ventana, y cuantos más cortes, mejor, para recordarme mi gratificante labor.
Tenía un viejo hacha que nadie reclamaba, con la que a ratos en los días de invierno, en el lado soleado de la casa, jugaba en torno a los tocones que había sacado de mi campo de judías. Como profetizó mi boyero cuando estaba arando, me calentaron dos veces: una mientras los cortaba, y otra cuando estaban en el fuego, de modo que ningún combustible podía desprender más calor.
En cuanto al hacha, me aconsejaron que le pidiera al herrero del pueblo que la «recalcara»; pero lo recalqué a él y, poniéndole un mango de nogal americano del bosque, logré que sirviera. Si estaba roma, al menos estaba bien enmangada.