crecen así. Como si eso fuera importante, y no hubiera suficientes personas para entenderte sin ellos. Como si la Naturaleza pudiera sostener un solo orden de entendimientos, no pudiera sustentar aves además de cuadrúpedos, seres voladores además de rastreros, y el «so» y el «arre», que Bright puede entender, fueran el mejor inglés. Como si hubiera seguridad únicamente en la estupidez. Temo principalmente que mi expresión no sea lo suficientemente extravagante, que no se aleje lo bastante de los estrechos límites de mi experiencia cotidiana, como para estar a la altura de la verdad de la que estoy convencido. ¡Extravagancia! Depende de cómo estés corralado. El búfalo migratorio, que busca nuevos pastos en otra latitud, no es extravagante como la vaca que patea el balde, salta lacerca del corral y corre tras su ternero a la hora del ordeño. Deseo hablar en alguna parte sin límites; como un hombre en un momento de vigilia, a hombres en sus momentos de vigilia; pues estoy convencido de que no puedo exagerar lo suficiente ni siquiera para sentar las bases de una expresión verdadera. ¿Quién de los que ha escuchado una melodía temió entonces volver a hablar extravagantemente para siempre jamás? En vista del futuro o de lo posible, deberíamos vivir con bastante laxitud e indefinición por delante, con nuestros contornos difusos y brumosos de ese lado; como nuestras sombras revelan una transpiración insensible hacia el sol. La verdad volátil de nuestras palabras debería traicionar continuamente la insuficiencia del enunciado residual. Su verdad se traduce al instante; solo queda su monumento literal. Las palabras que expresan nuestra fe y nuestra piedad no son precisas; sin embargo, son significativas y fragantes como el incienso para las naturalezas superiores.
¿Por qué rebajarnos siempre al nivel de nuestra percepción más roma y alabar eso como sentido común?