sabio. Pero para apresurarme a llegar a mi propio experimento.
Cerca de fines de marzo de 1845, pedí prestada un hacha y bajé al bosque junto al estanque Walden, cerca de donde pensaba construir mi casa, y comencé a cortar unos pinos blancos, altos y rectos como flechas, aún jóvenes, para usarlos como madera.
Es difícil empezar sin pedir prestado, tal vez sea el proceder más generoso permitir así que tus semejantes tengan interés en tu empresa. El dueño del hacha, al soltarla, dijo que era la niña de sus ojos; pero se la devolví más afilada de lo que la había recibido.
Era una ladera agradable donde trabajaba, cubierta de pinares, a través de los cuales contemplaba el estanque, y un pequeño campo abierto en el bosque donde brotaban pinos y nogales americanos.
El hielo del estanque aún no se había disuelto, aunque había algunos espacios abiertos, y era todo de color oscuro y estaba saturado de agua.
Hubo algunas ligeras ráfagas de nieve durante los días que trabajé allí; pero la mayor parte del tiempo, cuando salía a las vías del tren, de camino a casa, su montón de arena amarilla se extendía reluciente en la atmósfera brumosa, y los rieles brillaban bajo el sol primaveral, y oía a la alondra, al papamoscas y a otras aves que ya habían llegado para comenzar otro año con nosotros.
Eran agradables días de primavera, en los cuales el invierno del descontento del hombre se iba deshelando al igual que la tierra, y la vida que había yacido torpida empezaba a estirarse.
Un día, cuando se me había salido el hacha y había cortado un nogal americano verde para hacer una cuña, clavándola con una piedra, y había puesto todo a remojar en un charco con el fin de que la madera se hinchara, vi a una culebra Jaspeada meterse