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El Pueblo

como pilotos guiados por ciertos baluartes y cabos bien conocidos, y si nos apartamos de nuestra ruta habitual seguimos llevando en la mente la orientación de algún cabo vecino; y solo cuando estamos completamente perdidos, o desorientados —pues a un hombre le basta con dar una sola vuelta con los ojos cerrados en este mundo para perderse—, apreciamos la inmensidad y la extrañeza de la naturaleza. Cada hombre tiene que aprender de nuevo los puntos cardinales tantas veces como despierta, ya sea del sueño o de cualquier abstracción. Solo cuando estamos perdidos, en otras palabras, solo cuando hemos perdido el mundo, empezamos a encontrarnos a nosotros mismos y a darnos cuenta de dónde estamos y de la extensión infinita de nuestras relaciones.

Una tarde, casi al final del primer verano, cuando fui al pueblo a buscar un zapato a lazapatería, me arrestaron y me metí en la cárcel porque, como ya he contado en otro lugar, no pagaba impuestos ni reconocía la autoridad del Estado que compra y vende hombres, mujeres y niños como ganado a las puertas de su casa de senadores. Había bajado al bosque con otros propósitos. Pero, dondequiera que un hombre vaya, los hombres lo perseguirán y manosearán con sus sucias instituciones y, si pueden, lo obligarán a pertenecer a su desesperada sociedad de extravagantes. Es verdad que podría haberme resistido por la fuerza con mayor o menor efecto, podría haberme vuelto «loco» contra la sociedad; pero preferí que la sociedad se volviese «loca» contra mí, ya que era la parte desesperada. Sin embargo, fui liberado al día siguiente, recogí mi zapato arreglado y regresué al bosque a tiempo para almorzar arándanos en Fair Haven Hill. Jamás fui molestado por persona alguna, salvo por aquellos que representaban al Estado. No tenía más cerrojo ni pestillo que el del escritorio que guardaba mis papeles, ni siquiera un clavo para poner sobre el picaporte o las ventanas.

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