Se rindió la máxima deferencia a los huéspedes, pues, como se verá más adelante con más detalle, el rey de reyes, el señor Moctezuma, teniendo en su capital noticias de los extraños visitantes en su litoral oriental, ordenó que fueran recibidos con reverencia. A la fresca sombra se extendió sobre esteras una abundancia de provisiones, mientras los vapores de incienso ardiente consagraban el lugar y aromatizaban el aire. El gobernador de esta provincia estuvo presente con dos gobernantes subordinados, y enterándose de lo que más les gustaba a los españoles, mandó a buscar y reunió baratijas de oro por valor de quince mil pesos. Una adquisición tan valiosa impulsó a Grijalva a tomar posesión una vez más en nombre de Carlos, actuando como intérprete uno de los nativos, bautizado posteriormente como Francisco. Tras una estancia de seis días la flota zarpó, pasando junto a una pequeña isla, blanca de arena, que
Grijalva llamó a la Isla Blanca, y después a la Isla Verde, de un verde brillante por el follaje en medio de las aguas verdes, a cuatro leguas del continente; llegando poco después a una tercera isla, a una legua y media de tierra firme, que ofrecía un buen fondeadero. Esto, según Oviedo, ocurrió el 18 de junio.
Al desembarcar, los españoles hallaron dos templos de piedra, en cuyo interior yacían cinco cuerpos humanos, con las entrañas abiertas y los miembros cortados; y por todas partes había cabezas humanas en estacas, mientras que en lo alto de uno de los edificios, al que se subía por peldaños de piedra, se encontraba la figura de un león de mármol, con la cabeza hueca que mostraba la lengua cortada, y enfrente un ídolo de piedra y una fuente de sangre.
Aquí hubo evidentemente un sacrificio a alguna deidad pagana; y resulta conmovedor ser testigo del horror con que estos hombres de España contemplaban tan espantosos espectáculos, al tiempo que presenciaban con complacencia sus propias atrocidades.