Goazacoalco por vientos huracanados y entraron en Tonalá para carenar y reparar una embarcación que hacía agua.7 Nuevamente los hombres blasfemaron y se burlaron del comandante porque no quería establecerse. Tras varios fracasos al zarpar, continuaron el viaje, tropezaron con mal tiempo, tocaron en Deseado por agua, entablaron un combate de despedida con los nativos de Champotón, navegaron de nuevo y el quinto día llegaron a San Lázaro, donde fueron conducidos a una emboscada mientras buscaban agua y resultaron atacados. Tras proveerse de maíz, se embarcaron, siguieron la costa pasando por el Río de Lagartos —el Comi de los naturales—, desde donde zarparon hacia Cuba y llegaron a Matanzas alrededor del primero de noviembre.8
Cuando Grijalva ancló en la bahía de Matanzas, su corazón latía lleno de promesas. Había regresado victorioso de un brillante descubrimiento, en el cual había comenzado ese marcado dominio de la vida que es el sueño de todo espíritu caballeresco.
No había habido nada remotamente irracional en su política, ni inconstante o faccioso en su conducta. Había obrado con diligencia y discreción, había sido leal con sus compañeros y fiel a su rey y a su capitán.
Sin duda su tío lo alabaría, su gobernador lo recompensaría y su rey le encomendaría nuevas misiones. Así lo merecía; así tenía todas las razones para esperarlo y, por ende, con orgullo y placer puso una vez más el pie en la Isla Fernandina.
Pero, por desgracia, este bondadoso caballero estaba destinado ahora a cosechar la muy común recompensa del servicio honrado en la causa de un amo vicioso. Apenas había desembarcado Grijalva, cuando se le entregó una carta del gobernador ordenándole que se dirigiera con sus naves inmediatamente a Santiago, y al mismo tiempo que notificara a sus