botín; establecimiento del cuartel general en
Así todo marchaba alegremente para el extremeño una vez más. Era tarea fácil vencer a las divididas fuerzas aztecas, que unidas se habían mostrado tan formidables.
Y ahora había pocos problemas por causa de las facciones. Ninguno propugnaba una base junto al mar, con barcos listos para la huida; ninguno pensaba en abandonar la Nueva España por Cuba. La mera presencia del general era como el escudo de Abas, que tantas maravillas obraba, y cuyo solo espectáculo podía sofocar al instante una revuelta o reducir una provincia a la sumisión.
Los éxitos de los españoles iban agigantando rápidamente la fama y la influencia de su líder, trayendo entre otros frutos, como hemos visto, alianzas y refuerzos, no solo de origen nativo, sino español. La primera incorporación de estos últimos consistió en trece soldados y dos caballos, traídos en una pequeña embarcación al mando del hidalgo Pedro Barba, antiguo comandante en La Habana. El comandante Rangel, en Villa Rica, había recibido instrucciones de apoderarse de cualquier barco que llegara, tanto con el fin de obtener reclutas como para impedir que llegaran noticias a Cuba sobre la derrota de Narváez u otros incidentes. Cuando la nave entró en la rada, se acercó a ella en consecuencia en una embarcación bien tripulada y con armas ocultas. —¿Cómo le va a Narváez? —fue la primera pregunta de Barba. —Excepcionalmente bien —respondió Rangel—. Está próspero y rico, mientras que Cortés es un fugitivo, con unos veinte miserables seguidores a lo sumo; o puede que incluso esté muerto. —Mucho mejor —replicó Barba—; pues traigo cartas del