misteriosa entrevista y su agitación despertaron las sospechas de estos, y corrió el rumor de que algo extraordinario estaba por suceder. Muchedumbres atónitas y murmullantes ya se habían congregado a lo largo de la ruta entre los dos palacios cuando apareció el emperador. Al ver los rostros apesadumbrados de los favoritos que lo portaban, y al observar cuán de cerca iba rodeado por los soldados españoles que hacían de guardia de honor, sus temores se confirmaron. La distancia hasta el cuartel era demasiado corta, sin embargo, y la noticia aún no había viajado lo suficiente como para permitir una manifestación seria.27 Pero poco después, la plaza frente al palacio se encontraba bloqueada por una multitud enardecida, y varios personajes principales y parientes se abrieron paso ante su soberano, preguntándole con ojos llorosos y el ceño fruncido de qué manera podían servirle. Estaban listos para dar la vida por rescatarlo. Él les aseguró con una sonrisa fingida que no había motivo de alarma. Demasiado orgulloso para revelar su pusilanimidad, repitió dócilmente las palabras de Cortés, diciendo que había acudido por su propia voluntad, y por indicación de los dioses, para pasar un tiempo con sus huéspedes. Les ordenó que calmaran al pueblo con esta seguridad y que dispersaran a la concentración.
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CAPÍTULO XVII. CAPTURA DEL EMPERADOR.
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