A mitad de este río, unas diez leguas al sur de Cempoala, se encontraba el pueblo de Tampaniquita,12 que era el punto de reunión. Varios indios que se presentaron aquí con quejas sobre los ultrajes de Narváez fueron consolados con promesas de un pronto auxilio. Sandoval había venido por una larga y difícil ruta de montaña para evitar al enemigo, y había traído consigo a unos sesenta soldados aptos para el combate, mientras que los ancianos y enfermos se quedaron en Papalote.13
Esta adición elevó la fuerza a unos doscientos sesenta hombres, según el cálculo general, incluidos los desertores de Narváez. Entre ellos había cinco jinetes, y unos pocos arqueros y mosqueteros.14 Venían mal equipados, pues no traían de México casi nada más que gastados escaupiles —o armaduras de algodón acolchado—, rodelas, espadas y puñales, un equipo lamentable con el cual enfrentarse a las bien armadas tropas de Narváez.15 Pero los agudos recursos de Cortés habían hallado un remedio. Había observado en manos de los chinantecas una lanza de veinte pies de largo, que le pareció de inmediato un arma formidable, tanto para la defensa como para el ataque. Sería particularmente útil contra la caballería. Inmediatamente después de enterarse de la llegada de Narváez, había enviado un mensajero a esa provincia con la orden de encargar tres moles de picas —trescientos ejemplares—, terminadas no con la habitual punta de iztli, sino con doble punta de cobre, un metal que abundaba en aquella región. Como los nativos ya se habían sometido previamente a los españoles, Cortés también les pidió dos mil guerreros para que se le unieran el día de Pentecostés en el punto de encuentro. Ambas peticiones fueron concedidas con prontitud, y antes de que los españoles llegaran al lugar, el mensajero había regresado con una fuerza de indios que portaban las armas,16 con puntas de un acabado superior al de los modelos enviados.