Se acordó, por consiguiente, que, con el fin de promover los intereses tanto del rey como del gobernador, haciendo uso de los costosos preparativos realizados, la flota debía proseguir hacia su destino, pero sin indios y con un número menor de colonos de los que se habían ofrecido como voluntarios. Narváez podría presentar las reclamaciones de su mandante ante Cortés, pero únicamente de manera pacífica, sin desembarcar fuerza alguna. Si estas no eran atendidas, debía zarpar de nuevo en busca de nuevos descubrimientos.
En presencia de Ayllón se le dieron instrucciones a Narváez de conformidad con el acuerdo, pero aquel no obstante resolvió acompañar a la expedición y vigilar su cumplimiento, pues sospechaba de la sinceridad de ambas partes.21
La expedición era la mayor que hasta entonces se había equipado en el Nuevo Mundo, y constaba de onze barcos grandes y siete pequeños, con algo más de novecientos soldados, incluidos ochenta hombres con armas de fuego, ciento veinte con ballestas, y ochenta jinetes. Había también varios cientos de indios, una gran fuerza de marineros y un parque de artillería, junto con abundantes provisiones de todo tipo.22
Se zarpó a principios de marzo de 1520, y tras tocar en la isla de Cozumel para recoger al grupo que había sido dejado allí23 algún tiempo antes, entraron en el río de Tabasco para conseguir agua y provisiones. Los habitantes huyeron de la ciudad al ver una fuerza tan grande, pero con la ayuda de un intérprete hallado allí quedaron tranquilos, y trajeron maíz y aves de corral, junto con tres mujeres, como regalos para el capitán.
Cuatro días después de salir del río, la flota se dispersó a causa de una tormenta, con la pérdida de seis embarcaciones y un buen número de soldados y marineros.24 El resto de las naves llegó a San Juan de Ulúa en la última parte de abril.25
Tres soldados, desertores de la expedición exploradora26 de Cortés, subieron a bordo y, tras declarar su lealtad a Narváez, vertieron en los