Así continuaron las cosas hasta que Ordaz, que combatía en la calle al oeste del fuerte, envió recado a Cortés, quien avanzaba en dirección a la calzada de Iztapalapa, para decirle que estaba cediendo terreno. Dejando a sus propias fuerzas, el general acudió presuroso al lugar con unos cuantos jinetes y, encabezando la carga, hizo retroceder a los guerreros en el punto más vulnerable, con el fin de aliviar a la infantería en la retirada que ahora se juzgaba necesaria. Al regresar con sus hombres, los encontró también en retirada; aquellos que iban a la cabeza de la columna, incluido Andrés Duero, el secretario cubano, habían sido derribados.
“¡Qué vergüenza!”, exclamó Cortés dirigiéndose al cuerpo de tropa, mientras conducía a los jinetes al rescate de los caballeros caídos.
Llegó justo a tiempo para salvarlos, pues un momento más y Duero, al menos, habría muerto. Los enardecidos guerreros retrocedieron ante la carga del temible Malinche, aunque pronto se recuperaron. Cortés decidió entonces retirarse, pero esto resultó no ser menos peligroso que el avance, y entre otros, Lezcano fue arrastrado de su caballo y muerto, después de haberse distinguido por su valor y eficacia.
Mientras tanto, el fuerte había sufrido un asedio activo, y cuando las tropas en retirada se acercaron a él, hallaron a más enemigos a la espera que, temerosos de perder su presa, se lanzaron al frente con mayor furia que nunca. Finalmente se logró la entrada, al tiempo que las fuerzas apostadas en el templo se retiraban para mayor seguridad suya y del fuerte.
Hinchados de triunfo, los aztecas dirigieron ahora todos sus esfuerzos contra el cuartel de los españoles. Flechas encendidas y tizones giratorios