Cruzando este arroyo con la ayuda de balsas y canoas tambaleantes, el ejército se acuarteló en la orilla opuesta, en uno de los pueblos de allí, que carecía por igual de alimentos y de gente, pero que mostraba los habituales y espantosos indicios de un sacrificio humano reciente.
A la mañana siguiente siguieron el río hacia el oeste y poco después se encontraron con un grupo de doce totonacas, que habían sido enviados por el gobernante de Cempoala con regalos de comida. Guiados por ellos, los españoles marcharon hacia el norte hasta una pequeña aldea donde se les ofreció una cena abundante.26
Mientras marchaban al día siguiente, con exploradores desplegados como de costumbre para prevenir emboscadas, salieron de un denso bosque tropical en medio de huertos y jardines y, tras una curva repentina en el camino, los brillantes edificios de Cempoala se antepusieron a la vista.
Justo entonces aparecieron veinte nobles y ofrecieron la bienvenida.
Fueron seguidos por esclavos, y al instante el ejército ajado por el viaje se regalaba con frutas y flores.
¿Qué recibimiento más hermoso podría haberse dado?, sin embargo, los españoles habrían preferido una lluvia de oro.
A Cortés se le entregaron ramos de flores; una guirnalda, principalmente de rosas, fue arrojada alrededor de su cuello, y una corona colocada sobre su casco. Especies de piñas y cerezas, zapotes jugosos y anonas aromáticas fueron distribuidos a los hombres sin medida.
Casi toda la población de la ciudad, unas veinticinco mil personas,27 mirando con los ojos y la boca abiertos de asombro, abarrotaba ambos lados del camino por el cual desfilaba el ejército en orden de batalla, encabezado por la caballería.
Jamás antes los españoles habían visto una ciudad americana tan hermosa. Cortés la llamó Sevilla,