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nydus/History of Mexico, Volume I, 1516-1521Public
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CAPÍTULO XXIV. COMBATE EN LA CUMBRE DEL TEMPLO.

prorrumpieron en maldiciones, primero contra Velázquez, quien los había enviado a semejante tierra, y luego contra Cortés, cuyas promesas de tesoros dorados y bien provistas encomiendas los habían atraído a tal situación. Al advertir, sin embargo, que solo la unidad de propósito podía salvarlos, sofocaron los remordimientos y le demostraron a Cortés que debía hacerse algo de inmediato para contener el embate, no fuera a ser que el edificio se les viniera encima. Era sumamente desagradable, pero tenía que hacerse; el orgulloso capitán español debía suplicar al rey cautivo, gravemente agraviado, apelando a su influencia en pro de la paz.3 Moctezuma había estado durante todos esos días estrictamente confinado en sus habitaciones, cavilando sobre los ultrajes de los que había sido objeto y aparentemente indiferente al peligro exterior. Cuando se le transmitió el mensaje, dijo huraño: «¿Por qué se dirige a mí Malinche, si ya la vida no me importa? No le escucharé, pues él es quien me ha traído a esta situación». Dio a entender, además, que no se podía confiar en las promesas del general y que sus palabras tenían un doble sentido. Olmedo y Olid, que habían acudido a apremiar la petición, recurrieron a palabras conciliadoras y a la persuasión, logrando aplacarlo un tanto.4 No obstante, respondió que probablemente era demasiado tarde para apaciguar a los mexicas con promesas. «Tienen ahora un nuevo líder —dijo—, que está resuelto a no perdonar a ningún español, y creo que todos ustedes han de morir en esta ciudad».5 Sin embargo, cedió y, como correspondía a la trascendental cuestión en disputa, se atavió con las ricas y enjoyadas vestiduras reales y colocó sobre su cabeza el copilli en forma de mitra, bajo cuyas preciosas plumas brillaba la placa de oro.6 Con escrupulosa guardia, ascendió a la azotea y se acercó al pretel, precedido por un cortesano que portaba la triple vara del imperio, como

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