Cada pérdida de aliados por parte de los mexicanos representaba una ganancia equivalente para los españoles, menos en lo que se refería a nuevos auxiliares que al alivio de la actitud hostil y al suministro de víveres. A los chinampanecas, por ejemplo, se les ordenó traer materiales y construir barracas a lo largo de la calzada, a ambos lados del fuerte de Xoloc. Estas proporcionaron refugio a todos los españoles y a dos mil sirvientes, y resultaron de lo más bienvenidas, pues la temporada de lluvias ya había comenzado. Los mismos nativos estaban obligados a proporcionar provisiones, como pescado y una especie de cereza, que junto con el maíz constituían el sustento principal del ejército. Los frijoles, el cacao, las hierbas de quilite y el nochtli aportaban variedad. El maíz era molido a mano y convertido en tortillas por las esclavas y concubinas de los soldados, ya fuera para sus amos individuales o para el rancho al que pertenecían. Estas tareas también eran asumidas por algunas de las pocas mujeres españolas y mulatas que habían acompañado a sus maridos. Aunque había poco temor de pasar hambre en los campamentos españoles, la comida a veces no era de la mejor calidad.12 Los auxiliares menos quisquillosos se conformaban con una variedad de comestibles que los soldados ni tocarían; la carne humana era para ellos un manjar por el cual estaban dispuestos a arriesgar incluso su propia carne.13 Los hombres de Alvarado disfrutaban tal vez de la menor comodidad, pues habían trasladado su campamento a un punto de la calzada, dejando a los auxiliares en Tlacopan, junto con los esclavos y las tortilleras.
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CAPÍTULO XXXIII. CONTINUACIÓN DEL ASEDIO. Junio-julio de 1521.
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