Animados por las victorias en tierra, los mexicanos también se habían aventurado en sus canoas para hostigar a las embarcaciones que se ocupaban de proteger la retirada de los ejércitos. Incapaces en algunos casos de abandonar su posición, o impedidos en su movimiento por estacas y otros obstáculos, muchos de los bergantines se vieron severamente acosados, y uno, al mando de Briones, de la división de Alvarado, fue efectivamente capturado, con la pérdida de cuatro hombres, uno de los cuales fue tomado vivo. Jaramillo acudió sin embargo en auxilio de la nave, expulsó al enemigo y lo mantuvo a raya.26
Para entonces, tanto las fuerzas de Alvarado como las de Sandoval habían llegado a la calzada, perseguidas por una gran muchedumbre, audaces en su empeño por infligir todo el daño posible antes de que los españoles escaparan. Hubo cierta demora en cruzar el canal solo parcialmente rellenado hacia la calzada, y varios soldados quedaron retenidos con el agua hasta la cintura, intentando levantar un bergantín por encima de las estacas, pues los auxiliares ya se habían retirado del frente; y durante todo este tiempo la caballería se vio obligada a permanecer frente a la calzada para cubrir a la infantería y soportar el peso del terrible embate.
Carga tras carga realizaron para contener al enemigo que avanzaba, bajo la lluvia de proyectiles cegadores, contra la línea de lanzas erizadas, en medio de espadas y porras giratorias, hasta que no hubo jinete cuyo brazo no sintiera desfallecer y cuyo cuerpo no decayera por la pérdida de sangre. El propio Sandoval tenía numerosas heridas. «¡Por el amor de Dios, daos prisa y retiraos —gritó a sus infantes—, o nos perderemos todos!».