Cristóbal de Olid, un año menor que él, era un hombre bien formado, de miembros fuertes, espaldas anchas y tez algo clara. A pesar de la peculiaridad de una hendidura en el labio inferior, que le daba la apariencia de estar partido, el rostro era de lo más atractivo, y su potente voz contribuía a presentarlo como un buen conversador.
Aunque carecía de sinceridad y profundidad de pensamiento, y era poco apto para el consejo, poseía cualidades que, unidas a una gran valentía y determinación, hacían de él un oficial ejecutivo admirable; pero una ambición de mandar comenzó a manifestarse y, guiada por una mala influencia, provocó su caída unos años más tarde.
Bernal Díaz lo llama un verdadero Héctor en combate y le atribuye, entre otras buenas cualidades, la de ser generoso; en suma, un hombre excelente, aunque incapaz de ser un líder.6
El más joven de los capitanes, el más respetado y el más querido, era Gonzalo de Sandoval, un hidalgo de apenas veintidós años, natural del mismo pueblo de Cortés, hijo de un alcaide de fortaleza, pero con una educación apenas rudimentaria.
Valiente, intrépido y sensato, era igualmente decidido en el discurso y en el comportamiento, aunque poseía una obediencia y una lealtad impecables que le ganaron la confianza y la estima de su superior.
Con un ojo puesto estrictamente en la disciplina, poseía asimismo una disposición bondadosa y humana, que le valió el amor y el respeto de sus hombres, por cuyo bienestar velaba mucho más que por el suyo propio.
Sencillo en el vestir, y modesto en sus modales y aspiraciones, estaba libre de la codicia que corrompía a tantos a su alrededor.
Soldado en todas las cualidades del corazón y de la mente, estaba también dotado físicamente para serlo.