Tras un intercambio de seguridades amistosas, el emperador regresó a la ciudad, dejando a Cuitlahuatzin para que escoltara al general.19 El cortejo de nobles desfiló entonces para presentar sus respetos, tras lo cual se reanudó la marcha al son de tambores e instrumentos de viento.
A la cabeza iban los exploradores a caballo, seguidos por la caballería, bajo el mando de Cortés, quien llevaba a su lado dos grandes lebreles; luego venía la infantería, con la artillería y el bagaje en el centro; y por último, los aliados.20 Las calles, que habían sido abandonadas por la gente por deferencia al emperador y a las exigencias de su cortejo, bullían ahora de mirones, particularmente en las entradas de los callejones, en las ventanas y en los techos.21
En la plaza, donde se alzaba el gran templo piramidal rodeado por todos lados de edificaciones palaciegas, la procesión giró a la derecha, y Cortés fue conducido por los peldaños de un extenso conjunto de edificios, conocido como el palacio de Axayácatl, que daba a la fachada oriental del recinto del templo.22 Aquí apareció Moctezuma, y a través de un patio sombreado por toldos de colores y refrescado por una fuente surtidora, lo condujo de la mano hasta un gran salón.
Un asistente se adelantó con una cesta de flores, en la cual yacían «dos collares hechos con la concha de una especie de cangrejo de río rojo», según decían, y «muy estimados por los naturales, de cada uno de los cuales pendían ocho cangrejos de oro, labrados con gran perfección y casi tan grandes como laeme de una mano».23 Estos los colocó el emperador alrededor del cuello del general, y al mismo tiempo obsequió con guirnaldas a sus oficiales.
Haciéndolo sentar en un estrado dorado y engalanado con joyas,24 anunció que todo cuanto había allí estaba a su disposición; se atendería a cada una de sus necesidades. Luego, con delicada cortesía, se retiró para que los españoles pudieran refrescarse y acomodar sus aposentos.