hora sin su aparición, los aliados, a quienes se había mantenido en un segundo plano durante las negociaciones, fueron llamados al frente y se dio la orden de asalto, dirigiendo Sandoval la flota a lo largo de la orilla y remontando los canales hacia la retaguardia. > «¡Puesto que no quieren la paz, tendrán la guerra!», exclamó Cortés. Entonces la carnicería se tornó espantosa. Españoles y auxiliares por igual, con una fuerza de doscientos mil hombres y más, según se decía, se entregaron a la matanza, mientras Satanás sonreía aprobador. Con una desesperación inútil, como bestias encerradas en el matadero, recibieron el golpe mortal como una liberación.26 No pintaré los detalles nauseabundos, tantas veces relatados, de abismos colmados y calles estrechas bloqueadas hasta lo alto con los cadáveres de los inocentes, mientras sobre los vivos se instalaba la desolación. Debió de ser ciertamente espantoso cuando quien había provocado tales horrores escribe: «Fue tanto el grito y llanto de los niños y mujeres, que ninguno de nosotros hubo a quien no quebrase el corazón». Luego intenta echar sobre los aliados la culpa de ello. «Nunca —dice— se vio crueldad tan fuera de límite de naturaleza como en estos naturales». Ya antes de esta masacre de cuarenta mil27, las calles y las casas estaban llenas de podredumbre humana, de modo que ahora los españoles se vieron obligados a quemar ese sector de la ciudad para salvarse de la
Otro día engendra nuevos horrores. Las tres pesadas piezas de artillería son adelantadas para ayudar a desalojar a los sitiados. Temeroso de que el emperador se le escape en canoas, Cortés ordena a Sandoval que disponga embarcaciones para vigilar a los fugitivos, en particular en la cuenca de Tlatelulco,28 hacia la cual se propone empujar a los sitiados, para capturar allí al rey y a los nobles con su oro y sus joyas.