ataviado con una amplia capa de color naranja, y ordenó a las tropas vencidas que pasaran ante él, y juraran lealtad al rey y fidelidad a él como capitán general y justicia mayor. Esto fue cumplido por casi todos, algunos humillándose y besando su mano, mientras que los antiguos líderes hostiles y viejos conocidos eran recibidos con saludos amistosos y abrazos.2
Entre tanto, Olid y Ordaz, cada uno con un cuerpo de tropa, partieron en los caballos capturados para reunir a los rezagados y buscar a los cuarenta jinetes en el campo. Encontrándose Duero y otros amigos de Cortés entre ellos, hizo falta poca persuasión para ganar al grupo, y poco después del alba toda la cabalgata llegó al son de pífano y tambor, vitoreando a Cortés.3
Muy por encima de este ruido se escucharon desde una ventana las voces de dos mujeres, llamadas Ordaz, que llenaban el aire con sus sonoras filípicas. «¡Villanos dominicanos!», gritaban a los soldados de su propio bando, «la rueca os vendría mejor que la espada. ¡Menuda cuenta habéis dado de vosotros! ¡Desafortunadas nosotras por haber venido a las guerras con hombres así!».
Bien pudo Narváez exclamar como Jerjes, al contemplar a su bella aliada, la reina Artemisia, burlar a sus perseguidores atenienses: «Mis hombres luchan como mujeres, y mis mujeres como hombres». Las mujeres Ordaz, sin embargo, lucharon solo con la lengua, y eso después del desenlace de la batalla.
Y así desahogadas, descendieron inmediatamente y rindieron homenaje al vencedor. El general hizo todo lo posible por reprimir este exceso de celo, que temía pudiera engendrar malos sentimientos, e incluso detuvo a algunos de los entusiastas más ruidosos, aunque más tarde fueron recompensados.
El cacique de Cempoala, que había resultado levemente herido durante la batalla, se presentó como los demás para ofrecer vasallaje al vencedor