Los libros que tratan de las hazañas de Cortés, como he dicho, forman un conjunto inmenso, como es de esperar por la importancia y el interés de lo que Robertson califica con justicia como «el acontecimiento más memorable de la conquista de América», que entraña la subyugación del país más rico y avanzado de dicho continente, la caída de su hermosa y célebre ciudad y una de las campañas más audaces jamás emprendidas.
La narración se lee en verdad como una novela de caballerías más que como una historia basada en hechos incontestables, y no es extraño que hayan surgido hombres que buscan poner en duda, no solo ciertos incidentes, sino los rasgos principales de la hazaña y del escenario.
Un método de duda ha consistido en rebajar la estimación de la cultura y los recursos nativos; en mofarse de las grandes ciudades, los palacios magníficos, la pompa real, ciertas artes industriales y bellas artes, la escritura pictográfica y otras evidencias de una cultura superior.
Tales afirmaciones revelan al estudiante experimentado una lamentable indiferencia o ignorancia de las pruebas existentes, de las ruinas con su forma masiva, su ornamentación de hermoso diseño, su admirable delineación escultórica y plástica de la figura humana, ambas muy por delante de los especímenes convencionales de Egipto, y las primeras iguales en muchos aspectos a las producciones del arte griego superior.
La escritura pictográfica, a su vez, revela el elemento fonético tan desarrollado como para dotar a los mexicanos de esa alta prueba de cultura, los registros escritos, aplicados no solo a incidentes históricos y hechos comunes, sino a temas abstractos de índole filosófica, científica y poética, tal como se ejemplifica en mis Native Races.
No hacía falta la investigación oficial instituida por el gobierno español para confirmar el testimonio mudo de las reliquias y la vívida declaración de los cronistas. Existen registros indígenas en abundancia suficiente como para hablar por sí mismos; registros escritos por y para el pueblo, y