Tampoco era necesaria por su parte ninguna disculpa ante la Cristiandad. La humanidad hasta el día de hoy no ha llegado a ser tan humana y justa como para no hallar excusa a cualquier agravio dentro de los reinos de la fuerza y la inclinación. ¿Qué cabía esperar entonces de una época y una nación en las que no era raro encubrir el crimen bajo el hermoso manto de la religión. Hasta allí llegaron los españoles a asesinar y a robar: a robar y asesinar en nombre de la caridad y del dulce cielo. No hacían falta excusas, por más convenientes que resultaran para tal fin las súplicas de los zempoaltecas, que gemían bajo la terrible opresión de una raza que se deleitaba en la sangre y la extorsión; una raza que en el espacio de dos siglos había surgido de una servidumbre degradante en gran parte por medio de la intriga y la traición; una raza marcada por características ignominiosas nacidas del vasallaje, y ansiosa por vengarse en otros de su propia humillación pasada, pero enérgica, emprendedora
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CAPÍTULO XXXIV. LA CONQUISTA CONSUMADA. Julio-agosto de 1521.
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